lunes, 23 de febrero de 2015

Miramar, la heladería y la familia

Corrían los noventa. Vacaciones familiares en la costa argentina. No suele ser lo típico. Solemos ir por las playas uruguayas. Como consecuencia de dos fiestas, y de elecciones de amigos familiares, venimos a Miramar. Mis padres y mi hermana del medio, quincena. Mi hermana más grande viene una semana. Recuerdo el momento en que la última se fue en micro y que con mi madre la acompañamos. Yo estaba triste. 25 años después. Mismo lugar pero con nuevos integrantes. Esposo de la más grande, y tres sobrinos. Faltan otros participantes del clan. Ayer uno cumplió 18 años, mi sobrino del medio.
Antes de venir, recomiendan heladerías. Una de las promesas para ir con los enanos, de 7 y 8.
Al salir de la playa, luego de consumir queso cenchi, a un carioca que la vio y vende a lo loco. Fui a chocolate. Una heladería muy típica, según dicen. El local es viejo, de madera. Pintoresco. Me pido un cuarto. Pruebo el chocolate suizo, que me lo recomendaron. Rico. No suelo comer chocolate así que me cuesta comparar. Pido dulce de leche alpino (con almendras, choco blanco y dulce de leche), frutilla al agua y pistacho. No suelo pedir dulce de leche con dulce de leche pero tampoco vacacionar con mi flia. El clan azrak es de más extraño y cercano al mismo tiempo. Hace días, en una charla, bloody mery mediante, comenté que tengo una distancia crítica con mi flia. Dos, tres días es la tolerancia justa. Buena experiencia.
Vuelvo al helado: el pistacho, simplemente exquisito. Sabor justo, cremosidad moderada, color verde.
La frutilla roja clara, artesanal, sabroso, refrescante. Natural.
El dulce de leche de la casa. Muy empalagoso para mi. Pero de dulzura rica. Buen sabor. Artesanal.
A la noche, luego de comer en un lugar al que hace dos años nunca habría entrado por su olor a pescado, y en el que nunca habría probado cornalitos y rabas. No me gusta, ojalá que en un futuro me gusté. Seguiré participando. Bueno, luego de comer en ese restaurante típico de mariscos, fui a la otra heladería que me recomendaron: el caballito loco. Con los dos enanos y mi madre. Jugué a ser niño y me dejé invitar. Ellos comieron una cosa rara: una pipa de helado. Su felicidad era plena. Yo mi segundo helado en el día. Comí más por obligación que por placer. Un vaso chico de crema de la casa y limón.
La crema caballo loco, con higos y frutas secas. Rico. Punto.
El limón, sabroso. Refrescante. Lo que necesitaba mi cuerpo, luego de tanta fritura.
Hoy desayuno con mi hermana más grande, mi cuñado y mi madre. Luego de compras, ir por la sorpresa prometida. Otra de las tantas que me sacaron los enanos. La camiseta de barobero y de pisculichi. Los desperté. Cara de felicidad plena.
Ahora en la playa, escribiendo lo que surge, mientras les pedí un recreo de mi atención a los chicos.
Esperando volver para recuperar la distancia crítica que me permite ser tio, hermano, cuñado y por sobre todo hijo, y poder disfrutarlo.
El comunismo de sentimientos, como alguna vez denominó mi ex analista a las prácticas de mi familia, es linda por unos días. Como el helado. Da felicidad pero no se puede vivir de eso. Hasta el próximo helado.

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